Toth

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La Sabiduría no es Conocimiento; sino saber aplicar correctamente el Conocimiento

NOTA DEL EDITOR

SI ESTÁN LEYENDO ESTAS PALABRAS DE BIENVENIDA SIGNIFICA QUE ENTRARON A MI BLOG. EN ÉSTE INTENTO DE REVISTA CULTURAL SE PUBLICARÁN CON FRECUENCIA UNA GRAN DIVERSIDAD DE ARTÍCULOS. NOS INTERESAN LAS OPINIONES DE LOS VIAJEROS QUE SE DETIENEN EN ESTE OASIS PARA REFRESCARSE EN LA SABIDURÍA DE SUS AGUAS.

28 de octubre de 2011

EL MITO DE ORFEO


En tiempos antiguos, había un rey de Tracia llamado Eagro. Como las mujeres mortales no le satisfacían, se enamoró de la musa Calíope. De esa unión nació un niño, al que llamaron Orfeo. Calíope tenía el don divino de cantar, y se lo trasmitió con destreza a su hijo. Tan hermosos eran los cantos del niño, que Apolo le regaló una lira, la dulzura de sus notas conmovía a las piedras y amansaba las fieras encantando a todo ser vivo que la oía.

Un día, un heraldo le anunció que Jason estaba buscando tripulación para buscar el Vellocino de Oro. Interesado en la aventura se unió gustoso a los valientes Argonautas, utilizando su música para vencer muchas dificultades que surgieron en el camino; pero deseaba volver a Tracia, porque estaba enamorado de una bella doncella llamada Eurídice. No obstante, Eros no se mostró generoso con ellos: después de casarse, una víbora la mordió y murió al instante. Orfeo quedó inconsolable. Con su arpa tomó la senda de los espíritus de los muertos y descendió a los infiernos. En su camino, encantó con sortilegios a todos los guardianes hasta conseguir llegar a la morada de Hades. Intercedió ante Hades y Perséfone, a favor de Eurídice y juró que si no conseguía volver a la tierra con ella, permanecería en el mundo de los muertos para siempre. Sus corazones se ablandaron con los cantos de Orfeo, y los dioses del inframundo cedieron. Le dijeron que podían marchase juntos pero debería cumplir algunas reglas: su mujer caminaría detrás de él y durante el viaje de vuelta no miraría hacia atrás por ninguna razón o la perdería para siempre.

Cuando estaba a punto de volver a la superficie, giró para ver si su amada no se había perdido en la espesa niebla. Ella estaba detrás de él, pero aún no había llegado. Hermes, la regresó al mundo de Hades. Orfeo sólo tuvo un breve instante para levantar su velo y mirar su cara por última vez. 


Con el corazón destrozado, Orfeo no podía soportar mirar a otra mujer, y durante los tres años siguientes ministró como sacerdote en el templo de Apolo. Las muchachas seguían acosándolo, pero él las rechazaba. Su pasión era el amor por los hombres. Enseñó en Tracia el arte de amar y les reveló que, a través de ese amor, se podía volver a tocar la inocencia de la juventud.




Tuvo muchos amantes. El más destacado era el joven Calais, el alado hijo de Boreo, el viento del Norte, su amigo y compañero de viajes en la nave Argos, pero el destino había dispuesto que su amor por Calais tendría un final abrupto. A principios de una primavera, durante las fiestas dionisíacas, las mujeres de Tracia asumían el papel de Ménades, las alegres y desbocadas sirvientes de Dionisio, el dios del vino y de la pasión. Odiaban a Orfeo por haberlas rechazado. Cantó con tanta dulzura que incluso los pájaros callaron para escucharlo y los árboles se habían inclinado para oírlo mejor; cantaba a los dioses, a Zeus y Ganímedes, a Apolo y sus amantes, a los dioses que también perdieron a sus amados, atrapados por las garras de la Muerte.




Ausente en su música, nadie notó la presencia de las airadas Ménades en la linde del bosque. En un rapto de rabia, cayeron sobre él. “¿No tienes tiempo para nosotras, oh dulce y hermoso muchacho?” gritó una. “Nuestros cuerpos, nuestras voces, ¿no tienen el poder de encantarte, hombre antinatural?” gritó otra. “¡Conoce, pues, la furia de aquello que desprecias!” gritaron, y todas le pegaron con tramas de árboles hasta tirarlo al suelo; desgarraron su cuerpo en pedazos y echaron sus restos al río. Orfeo, el más encantador de los hombres, murió, pero su cabeza y su lira se alejaron flotando por el río Hebros, aún cantando, y siguieron navegando sin rumbo hasta llegar a la isla de Lesbos. En la orilla, una gran serpiente se precipitó sobre la prodigiosa cabeza para devorarla sin embargo, en el intento fue convertida en piedra por Apolo. Colocaron su cabeza en una gruta sagrada, donde profetizó durante muchos años. 


A petición de Apolo y sus Musas, su lira fue devuelta al Olimpo y Zeus le otorgó un espacio en el cielo, donde aún hoy puede contemplarse su constelación de estrellas. 





Mientras tanto, Orfeo se halló caminando nuevamente en el inframundo, esta vez para siempre, paseando feliz por sus Campos Elíseos, una vez más inseparable de su único amor, Eurídice.







27 de octubre de 2011

PERFIL PSICOLÓGICO DE HITLER


La Nación ‐14‐02.210

Un libro recientemente editado en los Estados Unidos revela que el jefe nazi padecía de numerosas dolencias físicas y psicológicas, pero que era consciente de sus actos.



NUEVA YORK (The New York Times).‐ 

Se dice a menudo que Adolf Hitler era un loco. Eso se debe en parte a que la mayoría de la gente se resiste a aceptar semejante grado de maldad como algo que no es sino consecuencia de una conducta psicótica. Sin embargo, hasta qué punto Hitler estaba "loco" y en qué medida el mal que hizo puede ser atribuido a una enfermedad, ya fuere física o mental, ha sido tema de controversia entre los historiadores.
En estos días, la publicación, por parte de la editorial Oxford University Press, de la primera biografía psicológica y médica integral del jefe nazi ("Hitler: el diagnóstico de un profeta destructivo") acaso encienda aún más el debate. 
Su autor, el doctor Fritz Redlich, neurólogo y psiquiatra, llegó a la conclusión de que aun cuando mostraba numerosos síntomas psiquiátricos, incluyendo una paranoia extrema, Hitler probablemente no haya estado mentalmente enfermo. "Los delirios paranoicos de Hitler podrían ser considerados un síntoma de trastorno mental, pero su personalidad funcionaba mayormente de una forma más que idónea. Hitler tenía conciencia de lo que hacía y optó por hacerlo con arrogancia", escribió Redlich. Cuando descubrió que había muy pocos estudios importantes acerca del estado de salud de Hitler, Redlich resolvió ir más allá y elaboró lo que da en llamar una "patografía" o "estudio de la vida y el temperamento de un individuo sobre la base de la influencia que en él ejercen las enfermedades". Una larga lista de los trastornos físicos padecidos por Hitler.
Solía tener severos espasmos abdominales y también vómitos, inflamación intestinal y constipación. A comienzos de los años ´30 se quejaba porque los oídos le zumbaban. Sufría de hipertensión, dolores de cabeza e insuficiencia cardíaca. Además tenía problemas en la vista. Después de resultar herido en la Primera Guerra Mundial por el efecto del gas mostaza, experimentó dos momentos de "ceguera" y en uno de ellos tuvo una reacción histérica. Años más tarde, Hitler describió el malestar ocular que sentía y la visión borrosa, "como si estuviera viendo las cosas a través de un tenue velo". Durante los últimos años de su vida, el jefe nazi padeció también mal de Parkinson.

El doctor Redlich agregó varios diagnósticos nuevos a la lista. Cree que Hitler probablemente haya tenido spina bifida occulta ‐una malformación hereditaria que provoca infecciones en la vejiga‐ e hipospadia, es decir, una malformación congénita de la uretra.
Redlich sostiene que si el jefe nazi tenía tantas anomalías, eso podría ayudar a explicar sus inhibiciones sexuales y el hecho de que se lavara las manos tantas veces, lo cual otros autores atribuyen a una obsesión
compulsiva de origen psíquico.
Al autor de la investigación opina también que Hitler probablemente haya sufrido de periarteritis, una enfermedad autoinmune relacionada con la inflamación de las arterias. "Esto explicaría sus dolores de cabeza y su problemas en la vista", precisa.
¿Era Hitler adicto a las drogas? Redlich piensa que no. "Sin duda, el doctor Morell le recetó anfetaminas, pero ésa era una práctica habitual en aquella época ‐señala‐. Pienso que tomaba drogas, pero no llegó a convertirse en un adicto, ya que cuando se dio cuenta de que eran nocivas dejó de tomarlas. Además, Hitler era abstemio."
"Ni los errores ni los crímenes cometidos por Hitler fueron provocados por una patología", insiste. Sin embargo, Redlich no se limita a analizar a Hitler desde el punto de vista físico. En la última parte del libro va más allá y se interna en la psiquis del jefe nazi.
El doctor Redlich considera que no se pueden evaluar correctamente los actos de Hitler sin tener en cuenta no sólo los hechos históricos, sino también la "realidad psicológica" del jefe nazi. Por ejemplo, Hitler creía que su padre era medio judío y que había muerto de sífilis. Esas creencias, según el autor del libro, acaso hayan afectado su comportamiento.

Según la teoría de Redlich, Hitler pudo haber pensado que sus anormalidades físicas ‐la hipospadia y la spina bifida occulta ‐ indicaban que había heredado la sífilis por el lado de su padre. Y la furia que sentía acaso haya alimentado su antisemitismo y su obsesión por la sífilis, a la que consideraba una "enfermedad judía", un tema que desarrolló a lo largo de diez páginas en su libro "Mein Kampf" ("Mi lucha").
Por supuesto, los indicadores de los rasgos característicos de Hitler en su madurez son abundantes, desde sus inhibiciones sexuales (Redlich escribió que tal vez el Führer nunca mantuvo relaciones sexuales con Eva Braun) hasta su fobia a las enfermedades, sus arranques de cólera, sus delirios y su convencimiento de que moriría a temprana edad (murió a los 56 años). El doctor Redlich enumera una serie de síntomas psiquiátricos ‐paranoia, narcisismo, angustia, depresión, hipocondría, por citar unos pocos‐ y encuentra evidencias de cada uno de ellos.
Sin embargo, llega a la conclusión de que asociar un diagnóstico psiquiátrico formal con el jefe nazi no es muy útil, y en última instancia describe a Hitler como un hombre que fue más que la suma de su patología y tuvo absolutamente conciencia de sus actos.

El doctor Fritz Redlich, de 88 años, es austríaco de origen judío. Estudió en Viena antes de la guerra y, perseguido por los nazis, huyó a los Estados Unidos en 1938. "Este libro es de alguna manera mi respuesta a Hitler", expresa.

Traducción de Luis Hugo Pressenda

A la melancolía - F. Nietzsche



No lo tomes a mal, Melancolia,
Que yo aguce la pluma en tu alabanza
E inclinando la frente pensativa,
Ardiendo en tus loores, yo me siente
Solitario en un tronco. ¡Tantas veces!
Tu me viste -era ayer, bien lo recuerdo-
Bañado en los fulgores matutinos
Del sol ardiente! Allá en el hondo valle
Graznaba el buitre de botín sediento ...
Es que soñaba en un cadáver yerto
Allá en el yerto tronco abandonado.

¡Ah, cómo te engañabas, ave tétrica,
Aun cuando yo, cual una momia, inmóvil,
Seguía allí en mi tronco! No veías
Mis ojos, no; los ojos que extasiados
Aquí y allá rodaban, fulgurantes
De altivez. Y por más que a tus sublimes
Alturas remontarse no podían,
Donde acceso las más lejanas nubes
No tienen, tanto más profundamente
En el abismo de la vida hundíanse
Para dejarlo todo iluminado
Con la divina luz de sus relámpagos.

Así sentado en medio las profundas
Soledades, pasaba yo las horas
Rudamente encorvado, a semejanza
Del bárbaro presente al sacrificio,
Pensando siempre en ti, Melancolía.
¡Tan joven todavía y penitente!
Así yo me gozaba en el magnífico
Vuelo del buitre, en el rodar tronante
De los aludes que la selva aplastan;
Y allí me hablabas tú, deidad que ignoras
La ruindad tan humana del engaño;
Allí me hablabas íntima y sincera
Aunque con faz severa, aterradora.

Y tú, ruda deidad, que del granito
Posees la firmeza, oh tú, mi amiga,
Gustas a mí cercana aparecerte;
Con gesto de amenaza tú me muestras
El siniestro volar del buitre hambriento
Y el desplomarse del alud gigante,
Deseoso de aplastarme. En torno mío
Respira jadeante y rechinando
Un anhelo feroz de sanguinaria
Crueldad, con un deseo obsesionante
De arrancar por doquier vida a zarpazos.
La solitaria flor por mariposas
Suspira tentadora allá en la peña.

Yo soy todo esto -siéntolo temblando-
Enamorada mariposa, dulce
Flor solitaria, el buitre carnicero
Y el arroyuelo helado y el terrible
Rugir de la borrasca -todo, todo
Para tu gloria y en tu prez perpetua;
Oh tú, diosa feroz, a quien postrado
Y humillada la frente, entre gemidos
Mi temerosa voz levanta un himno
Gimiente, suplicando me concedas
De vida, vida, vida, estar sediento
Súfreme ahora, oh tú, deidad maligna,
Que con gentiles rimas te corone.
Si tiembla todo aquel a quien te acercas,
Si se estremece aquel a quien alargas
La despiadada diestra, en tu presencia
Temblando balbuceo este mi canto
Y me estremezco en mis convulsos ritmos;
La tinta fluye, viva centellea
La aguda pluma; ahora oh, diosa, diosa,
Déjame libre y libre me gobierne.

CARTA SOBRE LA TOLERANCIA - John Locke


Segundo Apartado

I
El cuidado de las almas no está encomendado al magistrado civil más que a otros hombres. No está encomendado a él por Dios, porque no consta en ningún lugar que Dios haya dado una autoridad de este género a unos hombres sobre otros, o sea, a algunos la autoridad de obligar a otros a abrazar su religión. Ni los hombres pueden conceder al magistrado un poder de este género, porque nadie puede renunciar a preocuparse de su propia salvación eterna, hasta el extremo de aceptar necesariamente el culto y la fe que otro, pñncipe o súbdito, le haya impuesto. Efectivamente, ningún hombre puede, aunque quiera, creer porque se lo haya ordenado otro hombre; en la fe está la fuerza y la eficacia de la verdadera y salvadora religión. Cualquier cosa que profesemos con los labios, cualquier culto externo que practiquemos, si no estamos completamente convencidos en nuestro corazón de que lo que profesamos es verdad y de que lo que practicamos agrada a Dios, no sólo todo esto no contribuye a la salvación, sino que incluso la obstaculiza, porque, de esta manera, a los otros pecados, que deben ser expiados con el ejercicio de la religión, se les añaden, casi para coronados, la simulación de la religión y el desprecio de la divinidad; lo que tiene lugar cuando se ofrece a Dios Óptimo Máximo el culto que estimamos que no le es grato.
II
El cuidado de las almas no puede pertenecer al magistrado civil, porque todo su poder consiste en la coacción. Pero la religión verdadera y salvadora consiste en la fe interior del alma, sin la cual nada tiene valor para Dios. Es de tal naturaleza la inteligencia humana, que no se le puede obligar por ninguna fuerza externa. Si se confiscan los bienes, si se atormenta el cuerpo con la cárcel o la tortura, será todo inútil, si con estas torturas se pretende cambiar el juicio de la mente sobre las cosas.
Podría, es cierto, alegarse que el magistrado puede utilizar argumentos para atraer al heterodoxo al camino de la verdad y procurar su salvación. Lo acepto, pero esta posibilidad es común al magistrado y a otros hombres. Enseñando, amonestando, corrigiendo con el razonamiento a los que yerran, el magistrado puede ciertamente hacer lo que debe hacer todo hombre bueno. No es necesario que, para ser magistrado, deje de ser hombre o cristiano. Y una cosa es persuadir y otra mandar; una cosa apremiar con argumentos y otra con decretos: éstos son propios del poder civil, mientras los otros pertenecen a la buena voluntad humana. Todo mortal tiene pleno derecho a amonestar, exhortar, denunciar los errores y atraer a los demás con razonamientos, pero corresponde al magistrado ordenar con decretos, obligar con la espada. Queda claro lo que pretendo decir: el poder civil no tiene que prescribir artículos de fe o dogmas o formas de culto divino con la ley civil. Pues, efectivamente, las leyes no tienen fuerza, si a las leyes no se les añaden los castigos; pero, si se añaden los castigos, éstos en este caso son ineficaces y poco adecuados para persuadir. Si alguien quiere acoger un dogma o practicar un culto para salvar su alma, tiene que creer con toda su alma que el dogma es verdadero y que el culto será grato y aceptado por Dios; pero ningún castigo está en modo alguno en grado de infundir en el alma una convicción de este género. Se necesita luz para que cambie una creencia del alma; la luz no puede venir, en modo alguno, de un castigo infligido al cuerpo.
III
El cuidado de la salvación del alma no puede corresponder, de ninguna forma, al magistrado civil, porque, aunque admitamos que la autoridad de las leyes y la fuerza de los castigos sean capaces en la conversión de los espíritus humanos, sin embargo esto no ayudaría de ninguna manera a la salvación de las almas. Dado que una sola es la religión verdadera, uno solo es el camino que lleva a la morada de los bienaventurados, ¿qué esperanza habría de que un número mayor de hombres llegase, si los mortales tuvieran que dejar a un lado el dictamen de la razón y de la conciencia y tuvieran que aceptar ciegamente las creencias del príncipe y adorar a Dios según las leyes patrias? Entre las distintas creencias religiosas que siguen los príncipes, el estrecho camino que conduce al cielo y la angosta puerta del paraíso necesariamente se abrirían para muy pocos, pertenecientes a una sola región; y lo más absurdo e indigno de Dios en todo este asunto sería que la felicidad eterna o el eterno castigo dependieran únicamente del lugar donde se hubiera nacido.
Estas consideraciones, omitiendo muchas otras que podrían exponerse, me parecen suficientes para establecer que todo el poder del Estado se refiere a los bienes civiles, se limita al cuidado de las cosas de este mundo y nada tiene que ver con las cosas que esperan en la vida futura.
Ahora consideremos qué es una Iglesia. Estimo que una Iglesia es una sociedad libre de hombres que se reúnen voluntariamente para rendir culto público a Dios de la manera que ellos juzgan aceptable a la divinidad, para conseguir la salvación del alma.
Digo que es una sociedad libre y voluntaria. Nadie nace miembro de una Iglesia, de lo contrario, la religión de los padres y de los abuelos perviviría en cada hombre por derecho hereditario, lo mismo que sus propiedades, y cada uno debería su fe a su nacimiento: no se puede pensar nada más absurdo que esto. Las cosas, por tanto, están como sigue. El hombre, que por naturaleza no está obligado a formar parte de ninguna Iglesia, ni ligado a una secta, entra de forma espontánea en la sociedad en la que cree haber encontrado la verdadera religión y el culto que agrada a Dios. La esperanza de salvación que encuentra, siendo la única razón para entrar en la Iglesia, es también el criterio para permanecer en ella. Si con posterioridad descubre alguna cosa errónea en la doctrina o incongruente en el culto, tiene que tener siempre la posibilidad de salir de la Iglesia con la misma libertad con la que había entrado. Pues, en efecto, fuera de los que están unidos por la esperanza de la vida eterna, ningún otro vínculo puede ser indisoluble. Una iglesia es, pues, una sociedad de miembros unidos voluntariamente para este fin.
Tenemos que investigar ahora cuál es su poder y a qué leyes se tiene que someter.
Puesto que ninguna sociedad, por libre que sea o por banal que haya sido el motivo de su constitución, sea de intelectuales con el fin de saber, de comerciantes para comerciar o de hombres ociosos para conversar y cultivar el espíritu, puede subsistir sin disolverse inmediatamente, si carece de todo tipo de ley, es necesario que también la Iglesia tenga sus leyes, para determinar los tiempos y lugares de reunión, las condiciones de aceptación y de exclusión y, finalmente, la diferencia de las cargas, el orden de las cosas y demás asuntos semejantes. Pero, dado que ella es una reunión libre (como se ha demostrado), libre de toda fuerza de coacción, se deduce necesariamente que el derecho de hacer las leyes no puede residir en nadie sino en la sociedad misma o en aquéllos (pero es lo mismo) que la sociedad, con su consentimiento, ha autorizado.
Pero se objetará que no puede existir una verdadera Iglesia que no tenga un obispo o presbiterio, dotado de la autoridad para gobernar, derivada de los apóstoles por sucesión continua y nunca ininterrumpida (1).

Notas
(1) Las dos formas de Iglesia protestante que en Inglaterra tenían una organización territorial uniforme. La Iglesia de Inglaterra se regía por la autoridad de los obispos, considerados los sucesores de los apóstoles. A la tradición apostólica se refería la Iglesia presbiteriana, importada desde Escocia a Inglaterra, que ponia la autoridad en el presbiterio o consejo de ancianos, considerado como el heredero del grupo de los apóstoles.

EL RUISEÑOR Y LA ROSA - Oscar Wilde


––“Ha dicho que bailaría conmi­go si le llevo rosas rojas” ––excla­maba desolado el joven estudian­te––. “Pero no hay ni una sola rosa roja en todo mi jardín.”
En el encino, desde su nido, oyó­le el ruiseñor, y le miró a través del follaje.
“¡Ni una sola rosa roja en todo mi jardín!” ––seguía lamentándose, y sus bellos ojos se llenaron de lá­grimas–– “¡Ah!, ¡de qué., cosas tan pequeñas depende la felicidad! Yo he leído todo lo escrito por los sa­bios, conozco todos los secretos de la filosofía. Y ahora, por la pose­sión de una rosa roja, siento mi vida destrozada.”
“He aquí, al fin, un verdade­ro enamorado” ––dijo el ruise­ñor––. “Noche tras noche he can­tado para él, a pesar de no cono­cerle: Noche trás noche lo he des­crito a las estrellas, y ahora le con­templo. Su cabello es oscuro como la flor del jacinto, y sus labios rojos como la rosa que desea encontrar; pero su ansiedad ha tornado su faz tan pálida como el marfil; y la tris­teza le ha dejado su sello en la frente.”
––“El Príncipe da un baile maña­na en la noche” ––murmuró el jo­ven estudiante––. “Y mi amada for­mará parte del cortejo. Si le obse­quio una rosa roja, bailará conmi­go hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré entre mis brazos, y su cabeza descansará so­bre mi hombro, y su mano será aprisionada por la mía. Pero no hay ninguna rosa roja en mi jardín; me sentaré solo y ella pasará ante mí, no me hará caso, y sentiré desgarrar­se mi corazón.”
––“Aquí, sin lugar a dudas, está el perfecto enamorado” ––dijo de nuevo el ruiseñor––. “Lo que yo canto, para él es sufrimiento; lo que para mí es alegría, para él es dolor. Ciertamente el amor es algo maravilloso. Es más valioso que las esmeraldas, y más precioso que los finos ópalos. Ni las perlas ni los granates pueden comprarle, porque no está venal en los mercados. No puede adquirirse con los trafican­tes, ni pesarse en una balanza como el oro.”
––“Los músicos estarán en su es­trado” ––decía el estudiante––, “to­cando sus instrumentos de cuerda, y mi amada bailará al acompañamien­to de arpa y violín. Bailará en for­ma tan sublime, que sus pies no tocarán el suelo, y los cortesanos con sus vistosos trajes formarán rue­da alrededor de ella, pero no bai­lará conmigo, porque no poseo una rosa roja para brindársela”. ––Y se dejó caer sobre la hierba, y ocul­tando su cara entre las manos, lloró.
––“¿Por qué llora?” ––preguntó una pequeña lagartija verde, pasan­do con su cola levantada junto al ruiseñor.
––“De veras, ¿por qué?” ––dijo una mariposa que revoloteaba en un rayo de sol.
––“Es cierto, ¿por qué?” ––susu­rró en voz baja y melodiosa, una margarita a su vecina.
––“Llora por una rosa roja” ––dijo el ruiseñor.
––“¿Por una rosa roja?” ––excla­maron todos–– “¡Qué tontería!” Y la largartija, que era algo cíni­ca, se echó a reír.
Pero el ruiseñor conocía el secreto de la pena del estudiante, y perma­necía silencioso, posado en el enci­no, y reflexionando sobre el miste­rio del amor. De pronto, extendien­do sus alas oscuras para volar, se remontó en el aire. Pasó a través de la arboleda como una sombra, y como una sombra cruzó el jardín.
En el centro del parterre se er­guía un rosal precioso, y al vislum­brarlo, voló hacia él en seguida.
––“Dame una rosa roja” ––dijo suplicante–– “y te cantaré la más dulce de mis canciones”.
Pero el rosal sacudió su cabeza.
––“Mis rosas son blancas” ––con­testó––. “Tan blancas como la es­puma del mar, y más blancas que la nieve en la cumbre de las monta­ñas. Pero ve a mi hermano que cre­ce alrededor del reloj de sol, y qui­zá pueda darte lo que quieres.”
Entonces el ruiseñor voló sobre el rosal que crecía alrededor del reloj de sol.
––“Dame una rosa roja” ––implo­raba–– “y te cantaré la más dulce de mis canciones”.
Pero el rosal sacudió su cabeza. –“Mis rosas son amarillas” ––res­pondió––. “Tan amarillas como el cabello de la sirena que reposa en un trono de ámbar, y más amarillas que el narciso que florea en los prados, antes de que el segador llegue con su hoz. Pero ve con mi hermano que crece bajo la ventana del estudiante, y quizá pueda darte lo que deseas.”
Entonces el ruiseñor voló sobre el rosal que crecía bajo la ventana del estudiante.
––“Dame una rosa roja” ––dijo–– ­“y te cantaré la más dulce de mis canciones”.
Pero el rosal sacudió la cabeza. –“Mis rosas son rojas, tan rojas como la pata de la paloma; y más rojas que los hermosos abanicos de coral que se mecen y mecen, en las profundas cavernas del océano. Pero el invierno ha helado mis ve­nas, y la escarcha ha quemado mis capullos, y la tormenta ha quebra­do mis ramas, y no tendré rosas en todo el año.”
Y el ruiseñor insistía:
––“Una sola rosa roja es lo que necesito. ¡Sólo una rosa roja! ¿No existe algún medio por el cual pue­da conseguirla?”
––”Hay una forma en que po­drías conseguirla” ––contestó el rosal––. “Pero es tan terrible, que no me atrevo a decírtelo.”
––“Dímelo” ––dijo el ruiseñor––. “No tengo miedo.”
––“Si quieres una rosa roja, la tendrás que formar con música a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Ten­drás que cantarme con tu pecho apoyado contra una espina. Toda la noche deberás cantarme, y la es­pina rasgará tu corazón, y la vida de tu sangre correrá por mis venas, y será mía.”
––“La vida es un precio muy ele­vado por una rosa roja” ––dije el ruiseñor–– “y la vida nos es a todos muy querida. Es agradable posarse en los árboles del bosque, contem­plar el sol en su carroza de oro, y la luna en su carroza de nácar. Es dulce el aroma del espino blanco, y dulces son las campánulas azules que se ocultan en los valles, y el brezo que se esparce en las colinas. Sin embargo, el amor es mejor que la vida, y... ¿qué es el corazón de un pájaro, comparado con el cora­zón de un hombre?”
Entonces extendió sus oscuras alas para volar, y se remontó en el aire. Se deslizó sobre el jardín, como una sombra, y como una sombra cruzó el bosque.
El joven estudiante permanecía tendido sobre la hierba en el mismo lugar donde le había dejado; y las lágrimas no desaparecían aún de sus hermosos ojos.
––“Alégrate!” ––gritó el ruise­ñor–– “¡alégrate!, ¡vas a conseguir tu rosa roja! La voy a crear con música, a la luz de la luna, y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Todo lo que pido de ti, en recompensa, es que seas un enamo­rado perfecto, porque el Amor es más sabio que la Filosofía, aunque ella sea sabia; y más fuerte que la fuerza, aunque ella sea fuerte. Sus alas tienen el color del fuego, y el fuego ilumina su cuerpo. Sus labios son dulces como la miel, y su alien­to es como el incienso.
El estudiante mirando hacia arri­ba escuchó. Pero no pudo entender la confidencia del ruiseñor, pues sólo le era posible comprender las cosas que estaban escritas en los libros.
Pero el encino, dándose cuenta de todo, se sintió triste; porque que­ría mucho al ruiseñor que había he­cho su nido entre sus ramas.
––“Cántame una última canción” ––murmuró––, “me voy a sentir muy solo cuando te vayas”.


Entonces el ruiseñor cantó para el encino, y su canto era flúido como agua cristalina, vertida de un ánfora de plata.
Al terminar su canción, pudo ver que el estudiante se levantaba, sa­cando al mismo tiempo de su bolsi­llo, un cuaderno y un lápiz.
––“El ruiseñor es hermoso” ––se decía mientras caminaba por el bos­que–– “no puede negársele; pero, ¿posee sentimientos? Creo que no. En realidad, es igual a la mayoría de los artistas; todo en él es estilo y forma, sin sinceridad. No se sa­crificaría por otros. No piensa más que en la música, y todo mundo sabe que las artes se caracterizan por su egoísmo. No obstante, hay que reconocer que emite algunas notas preciosas en su canto. ¡Qué lástima que no signifiquen nada, o se conviertan en algo bueno y prác­tico” ––Y entró a su cuarto, y acos­tándose en un catye desvencijado, y pensando en su amada, después de unos momentos, se había dor­mido.


Y cuando la luna brillaba alta en los cielos, el ruiseñor voló hacia el rosal apoyando fuertemente su pecho contra la espina. Cantó du­rante toda la noche con el pecho oprimido sobre la espina; y la luna gélida, como hecha de cristal, se inclinaba hacia la tierra para escu­charle. Cantó toda la noche, y la espina iba clavándose más y más honda en su pecho, y la sangre de su vida se escapaba... Primero can­tó del amor naciente en el corazón de un joven y una doncella. Y en el retoño más alto del rosal apareció; pétalo tras pétalo, al igual que can­ción tras canción, una rosa esplén­dida. Al principio era pálida, como la neblina suspendida sobre el río, imprecisa como los primeros pasos de la mañana, y argentada como las alas de la aurora. Como el reflejo de una rosa en un espejo de plata, como la sombra de una rosa sobre un estanque de agua clara. ¡Así era la rosa que brotó en el retoño más alto del rosal!
Pero el rosal le dijo al ruiseñor que apoyase con más fuerza su pe­cho contra la espina.
––“Oprime más tu pecho contra la espina, ruiseñor” ––decía el rosal­–– “o llegará el día antes de que la rosa esté terminada”.


Entonces el ruiseñor uniendo su pecho con más fuerza a la espina, entonó una melodía cada vez más vibrante; ahora cantaba a la pasión naciente en el seno de un joven y una doncella.
Y un delicado rubor iba cubrien­do los pétalos de la rosa, igual al rubor que sube a la cara del novio cuando besa los labios de su des­posada. Pero la espina aún no ha­bía llegado a su corazón, así que la corola de la rosa permanecía blan­ca, porque solamente la sangre del corazón de un ruiseñor puede en­cender el corazón de una rosa.
Y el rosal decía al ruiseñor:
––“Oprime más, pequeño ruise­ñor; o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.”
Entonces el ruiseñor uniendo con todas sus fuerzas su pequeño pecho contra la espina, hizo que ésta hi­riese su corazón, y el cruel espas­mo del dolor le atravesó.
Terrible, terrible era el dolor mientras el canto crecía alocado, más cantal a sonoro, porque ahora cantaba del amor perfeccionado por la muerte; del amor que no termina en la tumba.
Y la rosa magnífica se tornó roja, como las rosas de Oriente. Rojos eran los pétalos que la circundaban, y rojo como el rubí era su corazón. Pero la voz del ruiseñor iba apa­gándose, y sus alas comenzaron a vibrar, y un velo le cubrió los ojos. Su canto era cada vez más débil, algo estrangulaba su garganta.
Entonces lanzó un último trino musical. La pálida luna al oírlo, ol­vidándose de la aurora, estuvo va­gando por los cielos. La rosa roja al escucharlo se estremecio en éxta­sis, desplegando sus pétalos al aire fresco del amanecer. El eco lo fue llevando hasta la caverna oscura de las colinas, y despertó de sus sueños a los pastores. Fue flotando entre los cañaverales del río, y ellos hicieron llegar su mensaje al mar.
––“¡Mira, mira!” ––gritó el ro­sal–– “Ya está terminada la rosa.” Pero el ruiseñor ya no podía con­testar. Estaba muerto sobre la cre­cida hierba, con una espina clavada en el corazón.
Y al mediodía el estudiante, abriendo su ventana, miró afuera. ¡Cómo... qué suerte maravi­llosa!” ––exclamó––. “¡Hay una rosa roja! ¡Nunca había visto rosa como ésta en toda mi vida! ¡Es tan hermosa que seguramente tiene un nombre latino muy largo!” ––E in­clinándose la cortó.
En seguida, poniéndose el sombre­ro, fue corriendo a casa del profe­sor, con la rosa en la mano.
La hija del profesor estaba sen­tada en el umbral de su casa deva­nando seda azul en la rueca y su perro descansaba a sus pies.
––“Me dijiste que bailarías con­migo, si te obsequiaba una rosa roja” –– dijo el estudiante––. “Aquí tienes la rosa más roja de todo el mundo. La lucirás está noche junto a tu corazón, y mientras bailamos juntos, ella te dirá lo mucho que te amo.”
Pero la muchacha hizo un gesto desdeñoso.
––“Temo que no va a hacer juego con mi vestido, y además el sobrino del chambelán me ha obsequiado unas joyas finísimas, y todo el mun­do sabe que las joyas valen más que las flores.­
––“En verdad, eres una ingrata” ––dijo furioso el estudiante.
Y tiró la rosa al arroyo, y un pe­sado carromato la deshizo.
––“¿Ingrata...?, debo confesarte que me pareces un mal educado. Después de todo; ¿quién eres tú? Nada más un estudiante. Creo que ni tienes hebillas de plata en tus za­patos, como las tiene el sobrino del chambelán.”
Y levantándose de la silla, entró en la casa.
––“¡Qué cosa más tonta es el amor!” ––dijo el estudiante aleján­dose––. “No tiene la mitad de uti­lidad que tiene la Lógica; porque no demuestra nada, y siempre nos habla de lo irrealizable, y nos hace creer en cosas que no existen. Verda­deramente es un sentimiento im­práctico; y como en estos tiempos el ser práctico lo es todo, volveré a la Filosofía, y estudiaré Metafísica.”
Así pues, regresó a su cuarto, y tomando en sus manos un gran libro polvoriento, comenzó a leer.


25 de octubre de 2011

Auroras Boreales del sol de los MAYAS, nuestro SOL 2012

POSDATA SOBRE LAS SOCIEDADES DE CONTROL (Gilles Deleuze)



I. Historia

Foucault situó las sociedades disciplinarias en los siglos XVIII y XIX; estas sociedades alcanzan su apogeo a principios del XX, y proceden a la organización de los grandes espacios de encierro. El individuo no deja de pasar de un espacio cerrado a otro, cada uno con sus leyes: primero la familia, después la escuela (“acá ya no estás en tu casa”), después el cuartel (“acá ya no estás en la escuela”), después la fábrica, de tanto en tanto el hospital, y eventualmente la prisión, que es el lugar de encierro por excelencia. Es la prisión la que sirve de modelo analógico: la heroína de Europa 51 puede exclamar, cuando ve a unos obreros: “me pareció ver a unos condenados...”.

Foucault analizó muy bien el proyecto ideal de los lugares de encierro, particularmente visible en la fábrica: concentrar, repartir en el espacio, ordenar en el tiempo, componer en el espacio-tiempo una fuerza productiva cuyo efecto debe ser superior a la suma de las fuerzas elementales. Pero lo que Foucault también sabía era la brevedad del modelo: sucedía a las sociedades de soberanía, cuyo objetivo y funciones eran muy otros (recaudar más que organizar la producción, decidir la muerte más que administrar la vida); la transición se hizo progresivamente, y Napoleón parecía operar la gran conversión de una sociedad a otra. Pero las disciplinas a su vez sufrirían una crisis, en beneficio de nuevas fuerzas que se irían instalando lentamente, y que se precipitarían tras la segunda guerra mundial: las sociedades disciplinarias eran lo que ya no éramos, lo que dejábamos de ser.

Estamos en una crisis generalizada de todos los lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia. La familia es un “interior” en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales, etc. Los ministros competentes no han dejado de anunciar reformas supuestamente necesarias. Reformar la escuela, reformar la industria, el hospital, el ejército, la prisión: pero todos saben que estas instituciones están terminadas, a más o menos corto plazo. Sólo se trata de administrar su agonía y de ocupar a la gente hasta la instalación de las nuevas fuerzas que están golpeando la puerta. Son las sociedades de control las que están reemplazando a las sociedades disciplinarias.

“Control” es el nombre que Burroughs propone para designar al nuevo monstruo, y que Foucault reconocía como nuestro futuro próximo. Paul Virilio no deja de analizar las formas ultrarrápidas de control al aire libre, que reemplazan a las viejas disciplinas que operan en la duración de un sistema cerrado. No se trata de invocar las producciones farmacéuticas extraordinarias, las formaciones nucleares, las manipulaciones genéticas, aunque estén destinadas a intervenir en el nuevo proceso. No se trata de preguntar cuál régimen es más duro, o más tolerable, ya que en cada uno de ellos se enfrentan las liberaciones y las servidumbres. Por ejemplo, en la crisis del hospital como lugar de encierro, la sectorización, los hospitales de día, la atención a domicilio pudieron marcar al principio nuevas libertades, pero participan también de mecanismos de control que rivalizan con los más duros encierros. No se trata de temer o de esperar, sino de buscar nuevas armas.

II. Lógica

Los diferentes internados o espacios de encierro por los cuales pasa el individuo son variables independientes: se supone que uno empieza desde cero cada vez, y el lenguaje común de todos esos lugares existe, pero es analógico. Mientras que los diferentes aparatos de control son variaciones inseparables, que forman un sistema de geometría variable cuyo lenguaje es numérico (lo cual no necesariamente significa binario). Los encierros son moldes, módulos distintos, pero los controles son modulaciones, como un molde autodeformante que cambiaría continuamente, de un momento al otro, o como un tamiz cuya malla cambiaría de un punto al otro. Esto se ve bien en la cuestión de los salarios: la fábrica era un cuerpo que llevaba a sus fuerzas interiores a un punto de equilibrio: lo más alto posible para la producción, lo más bajo posible para los salarios; pero, en una sociedad de control, la empresa ha reemplazado a la fábrica, y la empresa es un alma, un gas. Sin duda la fábrica ya conocía el sistema de primas, pero la empresa se esfuerza más profundamente por imponer una modulación de cada salario, en estados de perpetua metastabilidad que pasan por desafíos, concursos y coloquios extremadamente cómicos. Si los juegos televisados más idiotas tienen tanto éxito es porque expresan adecuadamente la situación de empresa. La fábrica constituía a los individuos en cuerpos, por la doble ventaja del patrón que vigilaba a cada elemento en la masa, y de los sindicatos que movilizaban una masa de resistencia; pero la empresa no cesa de introducir una rivalidad inexplicable como sana emulación, excelente motivación que opone a los individuos entre ellos y atraviesa a cada uno, dividiéndolo en sí mismo. El principio modular del “salario al mérito” no ha dejado de tentar a la propia educación nacional: en efecto, así como la empresa reemplaza a la fábrica, la formación permanente tiende a reemplazar a la escuela, y la evaluación continua al examen. Lo cual constituye el medio más seguro para librar la escuela a la empresa.

En las sociedades de disciplina siempre se estaba empezando de nuevo (de la escuela al cuartel, del cuartel a la fábrica), mientras que en las sociedades de control nunca se termina nada: la empresa, la formación, el servicio son los estados metastables y coexistentes de una misma modulación, como un deformador universal.
Kafka, que se instalaba ya en la bisagra entre ambos tipos de sociedad, describió en "El Proceso" las formas jurídicas más temibles: el sobreseimiento aparente de las sociedades disciplinarias (entre dos encierros), la moratoria ilimitada de las sociedades de control (en variación continua), son dos modos de vida jurídica muy diferentes, y si nuestro derecho está dubitativo, en su propia crisis, es porque estamos dejando uno de ellos para entrar en el otro. Las sociedades disciplinarias tienen dos polos: la firma, que indica el individuo, y el número de matrícula, que indica su posición en una masa.
Porque las disciplinas nunca vieron incompatibilidad entre ambos, y porque el poder es al mismo tiempo masificador e individualizador, es decir que constituye en cuerpo a aquellos sobre los que se ejerce, y moldea la individualidad de cada miembro del cuerpo (Foucault veía el origen de esa doble preocupación en el poder pastoral del sacerdote -el rebaño y cada uno de los animales- pero el poder civil se haría, a su vez, “pastor” laico, con otros medios). En las sociedades de control, por el contrario, lo esencial no es ya una firma ni un número, sino una cifra: la cifra es una contraseña, mientras que las sociedades disciplinarias son reglamentadas por consignas (tanto desde el punto de vista de la integración como desde el de la resistencia). El lenguaje numérico del control está hecho de cifras, que marcan el acceso a la información, o el rechazo. Ya no nos encontramos ante el par masa-individuo. Los individuos se han convertido en “dividuos”, y las masas, en muestras, datos, mercados o bancos. Tal vez sea el dinero lo que mejor expresa la diferencia entre las dos sociedades, puesto que la disciplina siempre se remitió a monedas moldeadas que encerraban oro como número patrón, mientras que el control refiere a intercambios flotantes, modulaciones que hacen intervenir como cifra un porcentaje de diferentes monedas de muestra. El viejo topo monetario es el animal de los lugares de encierro, pero la serpiente es el de las sociedades de control. Hemos pasado de un animal a otro, del topo a la serpiente, en el régimen en el que vivimos, pero también en nuestra forma de vivir y en nuestras relaciones con los demás. El hombre de las disciplinas era un productor discontinuo de energía, pero el hombre del control es más bien ondulatorio, en órbita sobre un haz continuo. Por todas partes, el surf ha reemplazado a los viejos deportes.

Es fácil hacer corresponder a cada sociedad distintos tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes sino porque expresan las formas sociales capaces de crearlas y utilizarlas. Las viejas sociedades de soberanía manejaban máquinas simples, palancas, poleas, relojes; pero las sociedades disciplinarias recientes se equipaban con máquinas energéticas, con el peligro pasivo de la entropía y el peligro activo del sabotaje; las sociedades de control operan sobre máquinas de tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo peligro pasivo es el ruido y el activo la piratería o la introducción de virus. Es una evolución tecnológica pero, más profundamente aún, una mutación del capitalismo. Una mutación ya bien conocida, que puede resumirse así: el capitalismo del siglo XIX es de concentración, para la producción, y de propiedad. Erige pues la fábrica en lugar de encierro, siendo el capitalista el dueño de los medios de producción, pero también eventualmente propietario de otros lugares concebidos por analogía (la casa familiar del obrero, la escuela). En cuanto al mercado, es conquistado ya por especialización, ya por colonización, ya por baja de los costos de producción. Pero, en la situación actual, el capitalismo ya no se basa en la producción, que relega frecuentemente a la periferia del tercer mundo, incluso bajo las formas complejas del textil, la metalurgia o el petróleo. Es un capitalismo de superproducción. Ya no compra materias primas y vende productos terminados: compra productos terminados o monta piezas. Lo que quiere vender son servicios, y lo que quiere comprar son acciones. Ya no es un capitalismo para la producción, sino para el producto, es decir para la venta y para el mercado. Así, es esencialmente dispersivo, y la fábrica ha cedido su lugar a la empresa. La familia, la escuela, el ejército, la fábrica ya no son lugares analógicos distintos que convergen hacia un propietario, Estado o potencia privada, sino las figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que sólo tiene administradores. Incluso el arte ha abandonado los lugares cerrados para entrar en los circuitos abiertos de la banca. Las conquistas de mercado se hacen por temas de control y no ya por formación de disciplina, por fijación de cotizaciones más aún que por baja de costos, por transformación del producto más que por especialización de producción. El servicio de venta se ha convertido en el centro o el “alma” de la empresa. Se nos enseña que las empresas tienen un alma, lo cual es sin duda la noticia más terrorífica del mundo. El marketing es ahora el instrumento del control social, y forma la raza impúdica de nuestros amos. El control es a corto plazo y de rotación rápida, pero también continuo e ilimitado, mientras que la disciplina era de larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado. Es cierto que el capitalismo ha guardado como constante la extrema miseria de tres cuartas partes de la humanidad: demasiado pobres para la deuda, demasiado numerosos para el encierro: el control no sólo tendrá que enfrentarse con la disipación de las fronteras, sino también con las explosiones de villas-miseria y guetos.

III. Programa

No es necesaria la ciencia ficción para concebir un mecanismo de control que señale a cada instante la posición de un elemento en un lugar abierto, animal en una reserva, hombre en una empresa (collar electrónico). Félix Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su departamento, su calle, su barrio, gracias a su tarjeta electrónica (dividual) que abría tal o cual barrera; pero también la tarjeta podía no ser aceptada tal día, o entre determinadas horas: lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición de cada uno, lícita o ilícita, y opera una modulación universal.

El estudio socio-técnico de los mecanismos de control, captados en su aurora, debería ser categorial y describir lo que está instalándose en vez de los espacios de encierro disciplinarios, cuya crisis todos anuncian. Puede ser que viejos medios, tomados de las sociedades de soberanía, vuelvan a la escena, pero con las adaptaciones necesarias. Lo que importa es que estamos al principio de algo. En el régimen de prisiones: la búsqueda de penas de “sustitución”, al menos para la pequeña delincuencia, y la utilización de collares electrónicos que imponen al condenado la obligación de quedarse en su casa a determinadas horas. En el régimen de las escuelas: las formas de evaluación continua, y la acción de la formación permanente sobre la escuela, el abandono concomitante de toda investigación en la Universidad, la introducción de la “empresa” en todos los niveles de escolaridad. En el régimen de los hospitales: la nueva medicina “sin médico ni enfermo” que diferencia a los enfermos potenciales y las personas de riesgo, que no muestra, como se suele decir, un progreso hacia la individualización, sino que sustituye el cuerpo individual o numérico por la cifra de una materia “dividual” que debe ser controlada. En el régimen de la empresa: los nuevos tratamientos del dinero, los productos y los hombres, que ya no pasan por la vieja forma-fábrica. Son ejemplos bastante ligeros, pero que permitirían comprender mejor lo que se entiende por crisis de las instituciones, es decir la instalación progresiva y dispersa de un nuevo régimen de dominación. Una de las preguntas más importantes concierne a la ineptitud de los sindicatos: vinculados durante toda su historia a la lucha contra las disciplinas o en los lugares de encierro (¿podrán adaptarse o dejarán su lugar a nuevas formas de resistencia contra las sociedades de control?). ¿Podemos desde ya captar los esbozos de esas formas futuras, capaces de atacar las maravillas del marketing? Muchos jóvenes reclaman extrañamente ser “motivados”, piden más cursos, más formación permanente: a ellos corresponde descubrir para qué se los usa, como sus mayores descubrieron no sin esfuerzo la finalidad de las disciplinas. Los anillos de una serpiente son aún más complicados que los agujeros de una topera.

Traducción: Martín Caparrós

31 de agosto de 2011

LA CASA DE GEBURAGH: RELIGIÒN EN PANAMÀ

LA CASA DE GEBURAGH: RELIGIÒN EN PANAMÀ: fuentes estiman que del 75 al 85 por ciento de la población se identifica como Católica Romana y entre el 15 a 25 por ciento como Cristia...

4 de agosto de 2011

3000 AÑOS DE HISTORIA DE LAS RELIGIONES

Les dejo una infografía excelente en donde se presenta en 90 segundos como se extendieron las religiones en el mundo. Ahora reflexionemos, cuántas más religiones fueron creadas por la humanidad, mayor fueron los conflictos y diferencias que surgieron. Sin mencionar los intereses de por medio cada vez más crecientes.

http://mapsofwar.com/images/Religion.swf

De un modo fatalista yo ahora imagino algo que me hace reflexionar:

¿cuántas religiones surgirán en siglos posteriores al actual? ¿Cuántos líderes religiosos interesados en el Poder y el Control de las mentes empobrecidas de las clases sociales más indigentes, querrán imponer sus pensamientos despóticos?

"LA ÚNICA RELIGIÓN QUE NOS LLEVA A LA LIBERACIÓN DE NUESTRAS MENTES Y ESPÍRITU ES LA CULTURA.  CUANTO MENOS CULTURA HAYA EN UN PUEBLO, MÁS GRANDE SERÁ LA FISURA POR DONDE SE INTRODUCIRÁ EL PODER DE LAS RELIGIONES; Y CUÁNTAS MÁS RELIGIONES CONFRONTEN SUS PODERES, MAYORES SERÁN LOS CONFLICTOS Y LA POBREZA EN EL MUNDO SEGUIRÁ INCREMENTÁNDOSE A NIVELES ATERRADORES"
Sergio Javier Roda 

4 de mayo de 2011

EL TUNEL (Fragmento)


I


BASTARÁ decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.

Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que "todo tiempo pasado fue peor", si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. ¡Cuántas veces he quedado aplastado durante horas, en un rincón oscuro del taller, después de leer una noticia en la sección policial!. Pero la verdad es que no siempre lo más vergonzoso de la raza humana aparece allí; hasta cierto punto, los criminales son gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción. ¿Un individuo es pernicioso?. Pues se lo liquida y se acabó. Eso es lo que yo llamo una buena acción. Piensen cuánto peor es para la sociedad que ese individuo siga destilando su veneno y que en vez de eliminarlo se quiera contrarrestar su acción recu¬rriendo a anónimos, maledicencia y otras bajezas semejantes. En lo que a mí se refiere, debo confesar que ahora lamento no haber aprovechado mejor el tiempo de mi libertad, liquidando a seis o siete tipos que conozco.

Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. Bastaría un hecho para probarlo, en todo caso: en un campo de concentración un ex pianista se quejó de hambre y entonces lo obligaron a comerse una rata, pero viva.

No es de eso, sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante, si hay ocasión, algo más sobre este asunto de la rata.



II

COMO decía, me llamo Juan Pablo Castel. Podrán preguntarse qué me mueve a escribir la historia de mi crimen (no sé si ya dije que voy a relatar mi crimen) y, sobre todo, a buscar un editor. Conozco bastante bien el alma humana para prever que pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me importa un bledo; hace rato que me importan un bledo la opi¬nión y la justicia de los hombres. Supongan, pues, que publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería muy injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces un superhom¬bre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pérfido. De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumentando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas?

La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad. Cuando yo era chico y me desesperaba ante la idea de que mi madre debía morirse un día (con los años se llega a saber que la muerte no sólo es soportable sino hasta reconfortante), no imaginaba que mi madre pudiese tener defectos. Ahora que no existe, debo decir que fue tan buena como puede llegar a serlo un ser humano. Pero recuerdo, en sus últimos años, cuando yo era un hombre, cómo al comienzo me dolía descubrir debajo de sus mejores acciones un sutilísimo ingrediente de vanidad o de orgullo. Algo mucho más demostrativo me sucedió a mí mismo cuando la operaron de cáncer. Para llegar a tiempo tuve que viajar dos días enteros sin dormir. Cuando llegué al lado de su cama, su rostro de cadáver logró sonreírme levemente, con ternura, y murmuró unas palabras para compadecerme (¡ella se compadecía de mi cansancio!). Y yo sentí dentro de mí, oscuramente, el vanidoso orgullo de haber acudido tan pronto. Confieso este secreto para que vean hasta qué punto no me creo mejor que los demás.

Sin embargo, no relato esta historia por vanidad. Quizá estaría dispuesto a aceptar que hay algo de orgullo o de soberbia. Pero ¿por qué esa manía de querer encontrar explicación a todos los actos de la vida?

Cuando comencé este relato estaba firmemente decidido a no dar explicaciones de ninguna especie. Tenía ganas de contar la historia de mi crimen, y se acabó, al que no le gustara, que no la leyese. Aunque no lo creo, porque precisamente esa gente que siempre anda detrás de las explicaciones es la más curiosa y pienso que ninguno de ellos se perderá la oportunidad de leer la historia de un crimen hasta el final.

Podría reservarme los motivos que me movieron a escribir estas páginas de confesión; pero como no tengo interés en pasar por excéntrico, diré la verdad, que de todos modos es bastante simple, pensé que podrían ser leídas por mucha gente, ya que ahora soy célebre; y aunque no me hago muchas ilusiones acerca de la humanidad en general y de los lectores de estas páginas en particular, me anima la débil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme. AUNQUE SEA UNA SOLA PERSONA.

"¿Por qué —se podrá preguntar alguien— apenas una débil esperanza si el manuscrito ha de ser leído por tantas personas? Éste es el género de preguntas que considero inútiles, y no obstante hay que preverlas, porque la gente hace constantemente preguntas inútiles, preguntas que el análisis más superficial revela innecesarias. Puedo hablar hasta el cansancio y a gritos delante de una asamblea de cien mil rusos, nadie me entendería. ¿Se dan cuenta de lo que quiero decir?

Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté.

NUNCA MÁS



La obra fue conocida también por el nombre "Informe Sábato". La comisión de CONADEP entregó su informe el 20 de septiembre de 1984 al Presidente de la República. Y se publicó con el título "Nunca más"


La comisión fue creada por el presidente de la Argentina Raúl Alfonsín (1927–2009) el 15 de diciembre de 1983. El objetivo era esclarecer los hechos sucedidos en el país durante la dictadura militar instaurada desde el año 1976.

La Comisión fue presidida por el escritor Ernesto Sábato; el resto de la comisión estuvo integrada por la siguiente lista:

Ricardo Colombres


René Favaloro (1923-2000, cardiólogo, quien después renunció)


Hilario Fernández Long (1918-2002, ingeniero y educador)


Carlos T. Gattinoni (Obispo de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina)


Horacio H. Huarte (Diputado Nacional)


Gregorio Klimovsky (1922-2009, matemático y epistemólogo)


Santiago M. López (Diputado Nacional)


Marshall Meyer (1930-1993, Rabino conservador estadounidense)


Jaime de Nevares (1915-1995, Obispo católico)


Hugo D. Piucill (Diputado Nacional)


Eduardo Rabossi (1930-2005, filósofo)


Magdalena Ruiz Guiñazú (1935-, periodista)